La regeneración del ser humano

lunes, 14 de marzo de 2011

Mirando como el mundo se refleja en el agua del inodoro

¿Qué sensación es más agradable? Caminar descalzo sobre la arena húmeda a la vez que el sol comienza a levantar entre brumas respirando el mar cuando las olas rompen en la orilla o dormir postrado sobre la taza blanca con nauseas ebrias con ganas de que todo acabe en unos segundos queriendo cerrar los ojos para nunca más abrirlos.
Ignoro la respuesta porque pienso que aunque pueda parecer evidente ni el más sabio entre los sabios puede discernir entre ambos extremos.  Si todos apostamos por el aire fresco de la mañana por qué este mundo duerme en el viciado ambiente de un aseo vespertino. 
Los que nos llamamos del primer mundo morimos por depresión mientras tres partes del planeta lo hacen por hambre, enfermedad o víctimas de catástrofes naturales.  Los que nos decimos de la élite, inventamos motivos por el que estar ansiosos, queremos cada vez un poco más del pastel de la vida y enfermamos cuando no logramos nuestros objetivos.  Buscamos estabilidad económica, si existe algún Dios es nuestro dinero y por eso le obedecemos sin tabúes.  Pero también es cierto que somos capaces de aprender de nuestros errores, estamos en la posición en la que un ser humano puede infligir daño, auto infligirse castigos y equivocarnos pues tenemos el suficiente tiempo como para caer en la dinámica de la autodestrucción personal. 
Este mundo parece de mentira, parece de papel,  parece un guión marcado en el que todos deben obedecer, en el que no debemos evolucionar.  Un mundo que se acaba en la mayor crisis de suministros naturales que jamás se ha conocido, se acaba el oro negro y es el momento de reescribir el guión,  provocar conflictos para agotar los últimos reductos, apostar por formas amenazantes de energía para sustituirlo, apretando, sin ninguna piedad, el cinturón a los desposeídos.  Y todo ello para qué.  Para seguir viviendo la mentira del estatus para seguir muriendo depresivos en nuestros sillones, apoltronados y envidiosos de nuestro vecino, para ser los más infelices del planeta Tierra.
Es el momento de caer en la cuenta de errores, de evolucionar hacia la igualdad, de sacrificar los placeres ilusorios, de volver atrás e integrarnos en la naturaleza, de cambiar el cemento por los árboles y los coches por los paseos, de generar sólo la energía necesaria para resolver  los problemas importantes y de echar el candado a la Torre de Babel.
Ignoro, como he dicho, que sensación es más agradable, pero asevero que es posible luego de vociferar hacia el blanco del aseo, después del aroma a café, despertar, ondear la bandera de un resucitado y caminar por la arena fresca de una playa desierta en la mañana.

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